En los años ´80 y los ´90, cuando vivía en Maquinchao, busqué referencias que me ayudaran a entender la historia del lugar. Las publicaciones a las que tenía acceso en la biblioteca local traían información escasísima, que poco ampliaban las anotaciones que había dejado el director de la escuela, Merlo Rojas, en los años treinta. Años más tarde inicié un recorrido por otras bibliotecas, universidades y archivos y encontré, no sin sorpresa, que existía una cantidad de documentos, relatos de exploradores y artículos periodísticos que hablaban del lugar.

Para ser una localidad aislada en una de las zonas más inhóspitas de la Patagonia, Maquinchao tiene una rica representación en la literatura. Aquí presentamos una selección de los textos hallados : relatos de viajeros, documentos y producciones locales, escritos en tres siglos. Algunos se publican por primera vez en castellano. La intención fue hacerlos accesibles, que sirvan para valorizar la rica historia local, comprender cuántas esperanzas y sufrimientos encierra, y ubicarse en su devenir, que no ha concluido.

1955: El ejército amenaza con bombardear Maquinchao

Oscar Nápoli, Allá Lejos….

Antonio Oscar Nápoli nació en Azul y estudió medicina en La Plata. publica un libro de memorias: Allá Lejos (20 años en Maquinchao) publicado en 1993.El Dr. Nápoli ejerció como médico rural y director del hospital de Maquinchao desde 1950 hasta 1970. Además de las esperables anécdotas sanitarias en sus memorias aparecen las debilidades y grandezas de la gente del pueblo, y adquiere tonos de militancia política en una época en que se salió del autoritarismo para caer en la dictadura. El Dr. Nápoli, presidió el comité de la U.C.R. en Maquinchao, fue dos veces senador nacional por Río Negro, y participó en organismos de defensa de los derechos humanos.


Accidente y pedido de auxilio

Era el atardecer de un 24 de mayo, cuando un avión Piper que volaba rasante sobre el pueblo en procura de un lugar donde aterrizar apoyó sus ruedas sobre los cables de luz que atravesaban las calles dando una vuelta de campana y caer invertido en tierra. Don Pedro Cayuqueo, un peón del Hospital, tenía su casa a pocos metros del lugar, se trasladó presuroso y fue el primero en socorrerlos. El piloto, Enrique Torres Curt y su único pasajero, Mariano Giménez, un fuerte comerciante de Bariloche, permanecían atrapados en el interior. Aquel buen paisano con la proverbial solidaridad de la gente del lugar y tal vez sin advertir los riesgos que corría, los ayudó a salir de tan difícil situación y apenas los hubo retirado unos metros, el pequeño avión estalló en llamas que por suerte no alcanzaron a nadie.

Trasladados al Hospital, distante una cuadra del lugar, se constató que el ocasional pasajero contaba sólo con heridas leves en el rostro. El piloto tenía dos grandes heridas desgarradas, una de ellas le abarcaba gran parte del rostro y otro similar en la región femoral.

Como ocurre en tales circunstancias, los curiosos se habían agolpado frente al Hospital a la espera de noticias. El médico extranjero no se animaba a actuar y se paseaba nerviosamente de un lugar a otro solicitando un avión para el traslado urgente de los heridos a Bariloche. Eso resultaba imposible a esa hora ya que la falta de luz y la precariedad de la pista impedían cualquier maniobra.

La inquietud comenzó a cundir entre la gente allí reunida por la actitud pasiva de quien dependía ese hombre que se desangraba con serio riesgo de vida.

Impotentes ante esa situación las propias autoridades decidieron tomar cartas en el asunto y recurrieron a mi domicilio a solicitarme auxiliara a aquel hombre.

Yo tenía la entrada prohibida al Hospital, mi primera reacción fue la de rechazo ante ese pedido, pero mi condición de médico se antepuso al riesgo que podía correr concurriendo al lugar que me estaba vedado.

Al llegar al Hospital me encontré con aquel hombre pálido y amenazado por la abundante pérdida de sangre, y de inmediato procedí a transfundirlo. Mientras ello ocurría y lo preparaba para su intervención estructuré los recaudos a tomar.

Exigí al propio Director me solicitara por nota su pedido de concurrir a esa urgencia, exigiendo además las firmas de las autoridades allí presentes, dejando constancia en dicha solicitud que se me eximía de toda responsabilidad médica, pues no estaba dispuesto a tener que sufrir alguna otra nueva injuria.

Procedí a limpiar sus heridas cubiertas de tierra y pude visualizar en su rostro la arteria facial intacta latiendo al descubierto. Una vez repuesto su volumen sanguíneo y en mejores condiciones generales, me tomé el tiempo necesario para reconstruir los tejidos de aquellas heridas desgarradas.

Su restitución y la evolución post operatoria fue normal, sin tan siquiera la infección de un solo punto de sutura.

Aquel desgraciado episodio me reivindicaría de todos los momentos difíciles que debí soportar y llamo a la reflexión de los mismos que tantas veces me combatieron. Con la llegada del Dr. Mikelionis como Director pude concurrir al mismo e internar mis enfermos, tal vez por aquello de que es bueno curarse en salud.

Muchas veces me he cruzado caminando por Bariloche con aquel piloto y juntos recordamos el desgraciado episodio. Más de una vez me refirió que creyó que en aquella oportunidad había llegado su fin.

Ofuscación imprudente

Parecía que un caprichoso destino se interponía cada vez que alguien adoptaba una actitud reñida con la sana convivencia en aquel pueblo donde vivíamos necesitándonos los unos a los otros.

Si bien es cierto que aprendí que en la lucha política existen reglas de juego poco ortodoxas, no podía admitir actitudes que desdibujaban la responsabilidad por quienes profesaba afecto y brindaba mi amistad.

Una noche clara y apacible del verano sentí ruidos y voces en la vereda de mi casa; creyendo se trataba de algún enfermo me levanté de inmediato y grande fue mi sorpresa al comprobar que varias personas corrían alejándose del lugar. Movido por la curiosidad y sin intimidarme los seguí y al pasar frente al portón de mi propia casa veo en el mismo una frase que, sin concluir, decía: “si no está con Perón andá…”; mis dedos sucios de pintura negra denunciaban que ella era reciente y al lado había panfletos pegados con leyendas irreproducibles.

Aceleré el paso y pude comprobar cómo se introducían en la entrada para autos de una casa vecina, sin temor me dirigí hacia ellos y allí me encontré con un vehículo con las luces apagadas que reconocí de inmediato. Con la audacia de los inconcientes abrí su puerta individualizando a sus cinco ocupantes, quienes permanecían silenciosos ante las duras e irreproducibles palabras que les dirigía.

Mi reacción fue desmedida, pues estas actitudes resultan comunes durante las luchas electorales, pero me causó indignación el hecho ya que se trataba de un grupo de personas cordiales y amistosas a quienes apreciaba y con tres de los cuales había mantenido horas antes una agradable tertulia. La actitud prudente de los actuantes evitó males mayores en esa noche en la soledad, ya que tal vez sus sentimientos de culpabilidad los hiciera actuar de esa manera.

Como siempre, con el paso de los días fui olvidando aquel episodio y una tarde entre los pacientes del consultorio alcancé a divisar a uno de los actores. Cuando llegó su turno lo recibí sin dar muestras de la menor molestia, pero este hombre un tanto cohibido trató de explicarme algo de lo sucedido a pesar de su rostro de dolor.

De inmediato interrumpí su palabra diciéndole estas pocas: “si usted viene enfermo y necesita asistencia cuénteme lo que le pasa”. Desorientado, me relató su dolencia y al cabo de su examen nos despedimos sin tocar nunca más este minúsculo episodio, manteniendo el trato cordial de siempre.

Aquella inscripción con bleque, que me negué a borrar, perduraría durante mucho tiempo. Al igual que aquella otra en la puerta y ventanas de mi casa estampadas ya en las postrimerías del régimen, donde sus grandes cruces apuntaban a indicarme que sería uno de los tantos elegidos para las represalias, que por suerte frustraron los acontecimientos que sucedieron luego.

Estas caricaturas de aquella política lugareña, hechas para amedrentar son elocuentes para ilustrar que debimos transitar periodos de tensión, pero al mismo tiempo eran útiles para mantener viva la llama de nuestra lucha.

Difícil trance

Acostumbraba a reunirme luego de terminar mi jornada de trabajo en el Club o en el Hotel a charlar y tomar alguna copa con las parroquianos habituales del lugar, con los cuales había un trato amistoso y cordial y a pesar de no compartir con ellos la misma ideología analizábamos a veces el tema político civilizadamente.

Esta vez en lo mejor de la conversación llega un hombre con fama de guapo y algunas copas demás, e intenta denodadamente intervenir en la charla de manera agresiva. Comenzó a increparme con acusaciones referente a mi partido a lo que traté de restarle importancia, pero como las mismas iban tomando cada vez mayor volumen, los propios contertulios allí presentes debieron intervenir y ante el cariz que la cosa tomaba decidí, prudentemente, retirarme de la misma.

Regresé a mi casa preocupado, pues mi intuición me indicaba que esto no se trataba de un simple hecho casual y detrás del mismo se abrigaba alguna otra intención.

Con esta sensación me dispuse a descansar sin haber comentado en mi casa lo sucedido y, ya avanzada la madrugada, sentí la llamada en la puerta de calle: allí estaba el mozo que se anunciaba por su nombre diciendo que venía a conversar conmigo.

Dispuesto a todo me cubrí con el salto de cama y discretamente cargué la pistola que guardaba en mi mesa de luz y la puse en mi bolsillo, todo esto ante el asombro de mi esposa que nada sabía de lo que se trataba.

Conociendo sus antecedentes mi reacción era lógica, ya que no podría suponer que luego de aquel mal momento, viniera a esa hora a conversar amigablemente, a no ser que estuviera alcoholizado, lo que ahondaba mi preocupación.

Al abrir la puerta de calle, tomando todos los recaudos del caso y empuñando mi arma en el bolsillo, lo encontré muy nervioso pero dando la sensación de estar más fresco que horas antes, lo que calmó en parte mi ansiedad, no obstante yo conservaba la misma actitud y siempre detrás de él lo hice pasar al consultorio.

Su conversación comenzó en un tono casi amable diciéndome que lo disculpara por la hora de la noche en que se presentaba, pero tenía un cargo de conciencia ya que su actitud no había sido correcta y por ello venia a pedirme disculpas.

Ya tranquilizado del todo, yo no deseaba prolongar aquella conversación, pero el hombre estaba muy locuaz y me refirió que nunca había pensado hacerle caso a sus amigos de tomar una actitud contra mi persona, ni menos aún causarme daño alguno, pues me debía muchos favores y no olvidaba mi preocupación por su familia cuando en su momento necesitó, tras lo cual me mostró sus cicatrices, “las veces que lo había salvado”; pero las copas le habían hecho perder el control.

No quise preguntarle sobre las actitudes que le habían aconsejado ni quiénes eran los que lo inducían, ya que estaba en antecedentes y lo sabía, pero aquel hombre, ya en tren de sinceramiento y en tono amistoso, comenzó a aconsejarme diciéndome que me cuidara porque había gente dispuesta a hacerme el peor daño. Terminó diciendo que esa noche, después de muchas copas, lo indujeron a provocarme porque “era un enemigo político peligroso”.

Como era un hombre de temer y tenía poco para perder fui cauteloso en la conversación, limitándome a escucharlo atentamente sin dejar mis preocupaciones de lado, pero sus palabras me parecieron sinceras.

Al término de la misma alcancé a ver el revólver en su cintura, lo que hizo que no apartara mi mano del mío, pero al estrecharme fuertemente la mano me manifestó que de ahora en más aceptara su amistad, ofreciéndose para cuidarme en todo momento, con lo cual concluyó aquel mal rato.

De ahí en más nunca volvió a molestarme y solía ver siempre su presencia cerca de mi casa y con tono amistoso saludarme respetuosamente.

Aquel hombre con todos sus defectos cumplió conmigo y con su palabra.

El desenlace

Los acontecimientos que se vivían en la política nacional por aquel año de 1955 no eran de signo alentador para la estabilidad del gobierno. Aunque aislados por el lugar, aquellas jornadas crearon un estado de tensión para todos pues ese remoto pueblo perdido entre los cerros tomaría notoriedad. La radio policial del lugar transmitía a Viedma cierta información relativa a acciones que se desarrollaban, lo que originó la respuesta de la emisora de Punta Alta en poder de las fuerzas rebeldes que reiteradamente repetía una comunicación poniendo en conocimiento a la radio policial de Maquinchao para que dejara de transmitir sus mensajes, pues en caso contrario sería bombardeada por la aviación.

Esto causó gran preocupación entre los vecinos, que se presentaron ante las autoridades policiales solicitándoles cesaran en sus mensajes, lo que así ocurrió.

Pero la actuación policial no quedaría allí, ya que su autoridad obedeciendo no sé a qué órdenes, armó a civiles del pueblo con armas de la policía y los ubicó “estratégicamente” en las tres rutas que desembocan en el pueblo, con la supuesta intención de frenar los imaginarios “avances de las fuerzas provenientes del sur”, seguramente “para intentar copar este importante y fortificado reducto”.

En medio de este sainete lugareño y cuando todo hacía presumir que la rendición de las fuerzas adictas al gobierno era cuestión de horas, decidí con otros dos amigos hacer una recorrida en auto por el pueblo para cerciorarnos de la presencia de civiles armados y allí encontramos efectivamente la presencia de estos “piquetes” que al advertir nuestra presencia daban vuelta la cara para evitar ser individualizados.

También en nuestra recorrida constatamos que grupos de vecinos curiosos como nosotros comentaban en las esquinas los acontecimientos. Cuando éstos tocaban ya a su fin, un policía detuvo nuestro vehículo informándonos que debíamos presentarnos en la comisaría. Allí fuimos con total tranquilidad, y al llegar procedieron a requisar el auto bajo nuestra atenta mirada para evitar maniobras ya conocidas. En aquella requisa no se encontró tan siquiera una honda.

El señor Comisario en su intento de hacernos pasar un mal rato, con tono severo y en “cumplimiento de su deber”, nos informó que estábamos en contravención, pues el Estado de Sitio no permitía la reunión de más de tres personas. Le hice notar que en varias esquinas había grupos de varias personas y para ellas no regía la misma severa actitud, pero sin dar más explicaciones ordenó a un agente que nos llevara a “la cuadra”.

Dicha detención, si así podíamos calificarla, sólo duró algunos minutos, ya que el Subcomisario, hombre más sereno y tal vez presintiendo que le había llegado la oportunidad de ganar galones, se nos apersonó dándonos la razón y nos puso inmediatamente en libertad, haciéndose responsable de su actitud. A todo esto, las radios anunciaban la caída del gobierno, el golpe de Estado había triunfado y terminado para nosotros aquella pesadilla que durante largos años debimos soportar.

Paradójicamente y ante nuestro asombro, en aquel pueblo masivamente peronista aparecieron los negocios y edificios embanderados como en los días festivos, pareciendo que para un sector aquello de “a rey muerto, rey puesto” estaba en plena vigencia. Era evidente que esa actitud contrastaba con la del sector más humilde de la población, pues había tristeza en sus rostros y vagaban cabizbajos como requiriendo que alguien les explicara lo sucedido.

Por nuestra parte, no adherimos al revanchismo que de inmediato se desató y respetamos aquello de “ni vencedores ni vencidos”. Nos pareció más sensato en aquellos momentos difíciles que vivía la República, pero el transcurrir de los acontecimientos políticos nos alertaría que detrás de aquel “slogan” se encerraba un contexto político nacionalista de derecha clérigo-militar.

Ahora había que sumarse a la lucha para reencauzar la democracia y el accionar del nuevo gobierno para que brindara amplias libertades y las garantías ciudadanas para elegir un nuevo gobierno constitucional.

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