En los años ´80 y los ´90, cuando vivía en Maquinchao, busqué referencias que me ayudaran a entender la historia del lugar. Las publicaciones a las que tenía acceso en la biblioteca local traían información escasísima, que poco ampliaban las anotaciones que había dejado el director de la escuela, Merlo Rojas, en los años treinta. Años más tarde inicié un recorrido por otras bibliotecas, universidades y archivos y encontré, no sin sorpresa, que existía una cantidad de documentos, relatos de exploradores y artículos periodísticos que hablaban del lugar.

Para ser una localidad aislada en una de las zonas más inhóspitas de la Patagonia, Maquinchao tiene una rica representación en la literatura. Aquí presentamos una selección de los textos hallados : relatos de viajeros, documentos y producciones locales, escritos en tres siglos. Algunos se publican por primera vez en castellano. La intención fue hacerlos accesibles, que sirvan para valorizar la rica historia local, comprender cuántas esperanzas y sufrimientos encierra, y ubicarse en su devenir, que no ha concluido.

1918: Mr. Bino


Mollie Robertson, The sand, the wind and the sierras.

Mollie Robertson: Nació como Clarice Mary Hobson en Stockport, Inglaterra, el 28 de septiembre de 1907. Escribió The Sand, The Wind and the Sierras - Days in Patagonia, de carácter autobiográfico, publicado en 1964 en Londres. El libro relata su infancia entre los 8 y los 15 años, a fines de la Primera Guerra Mundial, en las estancias Talcahuala y Huanuluan, constituyendo un testimonio único de la vida en ese tiempo y en esos lugares . En el libro cuenta que la vida era dura, el clima extremo y la comida tenía poca variación; pero su interés se dirigía hacia los animales, domésticos y salvajes. También cuenta acerca de los singulares caracteres que convivían en las estancias. Su padre y su paciente madre, los excéntricos empleados europeos y los ovejeros y domadores tehuelches y chilenos. Mollie Robertson regresó en 1923 a su país natal. Luego pasó diecinueve años como administrativa en una oficina estatal. Se casó con su jefe, viajó ampliamente por España, Grecia y el Mediterráneo. En 1971 The Sand... se emitió en forma serial por la Radio 4 de la BBC. Mollie falleció en la ciudad donde residía, Westcliff-on-Sea, el 22 de octubre de 1981 a los 72 años de edad. En este capítulo Mollie recuerda a uno de los personajes que pasaron por la Estancia.


Cuando fuimos a vivir a la Estancia Huanuluán el Sr. Bino era el encargado del almacén. No estaba acostumbrado a los niños, y el hecho de que me miraba con una gran desconfianza que bordeaba con el horror era evidente desde el principio para todo el mundo menos para mí. Yo ignoraba totalmente esta aversión. Con la perversidad infantil que tan frecuentemente hace que los niños adoren a aquellos adultos que están muy lejos de ser sus admiradores, concebí por él un enorme interés. Para mí el Sr. Bino representaba un problema fascinante.

Tenía la extraordinaria costumbre de sentarse muy erguido durante las comidas, masticando en silencio repetida y cuidadosamente el bocado de alimento mientras observaba la vinagrera con el ceño severamente fruncido. De vez en cuando sonreía satisfecho asintiendo levemente con la cabeza como si hubiese confirmado una decisión importantísima. Me intrigaba de sobremanera esta obsesión con los condimentos, y la aparente compulsión que ejercían sobre él. Anhelaba saber cuál de ellos específicamente era, y descubrí por medio del traslado de cada objeto sobre la mesa cuando se daba la oportunidad, que era la mostaza la que clamaba su atención.

Sin embargo muy a desilusión mía, aunque traté de observarla desde todos los ángulos, seguía siendo un pote de mostaza nada especial y sin contener mensaje alguno para mí.

A veces durante estos soliloquios mudos con la mostaza el Sr. Bino se ruborizaba hasta las raíces de su pelo, el cual emanaba de su cabeza en una gran onda en forma de halo. Cuando su rostro cambiaba de color, desmenuzaba nerviosamente su pan convirtiéndolo progresivamente en bolillas hasta que había apilado un pequeño montículo junto a su plato. Nunca perdí la convicción de que un buen día los dispararía a los cuatro costados de la mesa. Esta representación teatral periódica e interesante durante las comidas pasaba desapercibida por mis padres; mi padre, si es que no se encontraba ausente en otro punto de la estancia, estaría atento a la lucha con un cuchillo de trinchar desafilado, mientras que mi madre intentaba enseñar al peón de patio del momento el protocolo de servir las papas con una cuchara, en vez de su costumbre de ofrecerlos con una mano no muy limpia. Su silueta delicada y tez muy blanca, pelo rubio ondulado, y ojos de un azul claro, todos contribuían a dar al Sr. Bino una apariencia claramente afeminada. No obstante, la descalificación más seria en su masculinidad provenía de su ceceo. Supongo que en un intento fracasado de reaccionar contra este ceceo e imponerse sobre la naturaleza, nuestro joven tendero se encontraba siempre o en plena promoción de un flamante bigote nuevo o cuidando optimísticamente una barba rala. Su atuendo habitual, en su rol “Manteniendo las Apariencias en los Confines Fronterizos del Imperio” era meticulosamente elegante. Pantalones de montar color crema, muy ajustados en las rodillas, cuidadosamente acampanados y plisados sobre los muslos; botas de montar altamente pulidos sin arrugas en las pantorrillas; un pañuelo blanco al cuello atado vistosamente sobre su chaqueta impecablemente hecha a medida, con cadena colgante – estas, seguramente pensaba él, eran las prendas de Autoridad.

Naturalmente, esta afición a la moda en un lugar tan remoto como una estancia atraía mucha atención entre la comunidad europea masculina, cuya indumentaria frecuentemente era poco ortodoxa y rayando en la excentricidad, consistiendo en muchos casos en viejos pantalones de montar atados a la cintura con una vieja corbata, sin camisa, alpargatas y barba de una semana.

Era aparente que el Sr. Bino, cuya vanidad excedía lo normal, era el protagonista en el mundo de sus ensueños donde transcurría gran parte de su tiempo. Antes de venir a la estancia había sido un asiduo estudiante de varios catálogos de sastrería; aún ahora a pesar de las largas demoras ocasionadas por vivir a tan larga distancia de la civilización, seguía los edictos de la moda y lo sartorialmente correcto a través de vetustos ejemplares del Tatler.

Así por ejemplo para una expedición de caza de patos en la estancia se pondría un sombrero de cazador escocés con pluma azul de cerceta alegremente sujetada a la cinta, formando conjunto con un traje de tweed impecablemente tallado. En estos momentos era bien claro que la mente del Sr. Bino le susurraba al oído un párrafo típico del Tatler “…con los rifles de caza… figura deportiva luciendo Harris Tweed…” O bien era impensable salir a caballo sin incluir (¡entre otras prendas!) un sombrero bombín, ladeado - digamos - de manera elegante. Tal ocasión evocaría en su imaginación otro comentario del Tatler “…cabalgando por la campaña…un airoso jinete luce la última moda deportiva…” El conjunto justo para cada ocasión era su razón de vivir, y se empeñaba siempre en arreglarse según el papel que desempeñaba.

No existía comentario mordaz ni observación personal por parte de sus compañeros europeos, por fuerte que fuera, que lograra desanimar al Sr. Bino en su papel elegido. Durante las visitas del administrador de las estancias de la Compañía vestía un traje formal de color oscuro, con camisa y corbata impecables, asumiendo al mismo tiempo una irritante conducta de viva atención. El Sr. Bino ahora representaba el papel del "...joven y ambicioso ejecutivo, muy listo, señalado para la promoción rápida...”, lo cual hacía maldecir a mi padre.

Una vez, en plena época de esquila cuando mi padre se encontraba ausente durante algunas horas, el Sr. Bino imprudentemente se ofreció a vigilar el galpón. Como cumplido dudoso hacia los peones una vez más quiso representar el personaje correcto – el del indígena. Esta vez quería hacerse pasar por nativo.

Era cosa sabida que en la estancia ningún europeo vestía de modo indígena - hacerlo significaba perder prestigio. Por raro que pareciera, el uso de pantalones de montar y botas de campo, aún gastados, suponían una cierta autoridad.

Sin embargo el Sr. Bino actuaba por cuenta propia, y su selección de ropa en esta oportunidad resultó ser una parodia del atuendo indígena.

Como se ha dicho, era una persona delgada y no muy alta, por consiguiente su decisión de usar bombachas voluminosas le daba la apariencia de baja estatura. Una camisa rosada se asomaba tímidamente por debajo de su gran poncho suelto. Estábamos en pleno verano y el termómetro oscilaba en los 36 grados centígrados, pero no importaba, el Sr. Bino estaba dispuesto a sufrir para mantener la apariencia correcta. Grandes espuelas chilenas amenazaban con hacerle tropezar a cada paso, con la consecuente pérdida de dignidad al caminar. Con pañuelo colorido marchito del calor y chambergo inclinado precariamente hacia adelante, se introdujo tintinando al pesado, clamoroso y sofocante interior del galpón de esquila, donde el balido de las ovejas y el martilleo de la maquinaria se confundían con los gritos y blasfemias de los peones y el fuerte olor animal de los sudorosos y medio desnudos esquiladores.

Con este telón de fondo el Sr. Bino, posando con los brazos dramáticamente en jarras en actitud de hidalgo español, brillaba como un personaje de una de las óperas menos conocidas. El efecto fue eléctrico. Por un momento la esquila cesó totalmente.

Cuando los peones se habían recobrado de este espectáculo, los comentarios intercambiados a media voz bajo el zumbido de las tijeras de esquila eran tanto reveladores como mordaces. Afortunadamente los conocimientos de español del Sr. Bino eran rudimentarios, siendo sus idiomas nativos el inglés y el italiano.

Antes de venir a nuestra estancia, el Sr. Bino había formado parte del personal de la estancia matriz, en la cabaña Maquinchao. Aquí - donde los europeos contaban unos veinte hombres, todos veteranos de tez curtida y recios vaqueros jóvenes de modales bruscos - otros dos detalles surgieron; su ingenua credulidad, y su nombre, Anselmo Cristos Colombino. Estos hechos hubieran sido suficientes para atraer bromas, pero cuando les informó solemnemente a sus colegas que además era un Conde, el resultado fue inevitable. De allí en adelante se lo conoció como “el Conde Cristóbal Colón”, y era un hecho consumado que el plantel entero de las demás estancias lo considerara como un blanco natural concedido por la divina providencia para multiplicar las posibilidades de bromas pesadas.

De aquí en adelante la vida del Sr. Bino no careció de incidentes. Con perspicacia diabólica sus compañeros rápidamente descubrieron que era susceptible a los cumplidos sobre sus proezas deportivas. Su vanidad le conducía a dejarse convencer a que participara en cualquier expedición de caza, aún sabiendo que era un error de juicio.

Era cosa sabida que volvería de una caza de patos cubierto de lodo, resultado de falsas garantías del cruce seco de una ciénaga, bien conocida por los demás como peligrosa.

También hubo conversaciones hábilmente ligadas a la destreza en el manejo de caballos, que llegarían a un punto donde el Sr. Bino se vería automáticamente como la elección lógica para montar el potro más arisco de la manada - con el resultado inevitable, naturalmente. Como no tenía sentido del humor en absoluto, no se le hubiera ocurrido jamás desquitarse.

Sufría de un horror casi obsesivo de perder prestigio, lo cual en combinación con su vanidad y una desmesurada dignidad lo ponían en estos aprietos. De algo uno podía estar seguro: el Sr. Bino se vestía siempre impecablemente, hasta el último detalle, y había que admitir que a pesar de carecer de ciertas virtudes, no abrigaba rencor alguno hacia sus torturadores.

En una memorable ocasión poco tiempo después de su llegada a Maquinchao, el joven almacenero había sido invitado a formar parte de una caza de zorrinos. Impecablemente ataviado como siempre, la culata de su Winchester en competencia con el brillo castaño de sus botas, el Sr. Bino se unió a la partida de caza, cuyos miembros notaron en privado y con cierta satisfacción burlona que la víctima aquel día estrenaba unos pantalones de montar flamantes, perfectamente entallados, y blancos. Un zorrino había estado saqueando el gallinero – los zorrinos son empedernidos consumidores de huevos – y se pensaba que el intruso se encontraba escondido cerca del montón de leña. Como la leña estaba situada viento abajo del animal, un amable cazador propuso que el inocente miembro nuevo se colocara junto a ella.

El arma natural del zorrino es el líquido nauseabundo que lanza hacia sus enemigos; apenas una gotita de esta sustancia horrible sobre una prenda de vestir hace imposible que la persona se acerque a otras hasta que la ropa haya sido destruída, pues no existe lavado que elimine el olor. En cuanto a la piel, fregando dura y constantemente con el desinfectante Lysol y agua con el tiempo eliminará el terrible aroma, pero será aparente a la víctima menos observadora que sus amigos, durante algunas semanas, se mantendrán bien alejados de él, y viento arriba. Peor todavía, la vista podría perderse temporalmente, sufriendo gran dolor si el líquido nocivo llegara a entrar en contacto con los ojos.

Para disparar esta poderosa amenaza el zorrino deberá volver el trasero hacia su enemigo, y siendo perseguido tiene la curiosa costumbre de emitir su chorro más fulminante a la entrada de su escondite. Todo esto era ignorado por el Sr. Bino. Súbitamente una bola de piel blanca y negra dio la vuelta al montón de troncos y paró en seco en la abertura durante apenas un segundo. En ese mismo instante el Sr. Bino, bien agachado para apuntar, recibió el contenido entero del saco de maloliente líquido del zorrino, rociándole desde los hombros hasta los pies.

Sus compañeros se revolcaban en el suelo de risa. La broma había triunfado mucho más allá de lo esperado. Nadie podía acercarse al desgraciado cazador; sus pantalones fueron quemados, sus botas quedaron arruinadas, y la casa central en Buenos Aires habrá estado perpleja ante las repentinas y urgentes cantidades de Lysol facturadas al almacén. No obstante, los responsables del incidente sufrieron las consecuencias de su broma. La costumbre en Maquinchao era que los peones dormían de a tres en cada habitación, y era indudable que los dos compañeros del Sr. Bino dentro de poco tiempo adquirieron el fuerte hedor a zorrino. Es más, por las noches tuvieron que sufrir el pronunciado aroma que durante meses se adhirió a su víctima, y el cual se volvía cada vez más maduro a causa del calor y el espacio restringido del cuarto.

Mucho después de que el Sr. Bino se hubiera acostumbrado (relativamente hablando) al apestoso olor de su presencia, los demás ocupantes del dormitorio en defensa propia se vieron obligados a respirar con la ayuda de sus pañuelos cada vez que aparecía. Se les contaminó la ropa a ellos también, y se notaba que hasta sus compinches más fieles preferían no sentarse cerca de ellos. Habrán concluido en alguna ocasión que después de todo no había sido una broma muy buena.

(Traducción: Caroline Holder)

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